La tal Ayuso

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La tal Ayuso en la Asamblea.

Germán Temprano

A la tal Ayuso, ni se merece el precedente de presidenta ni de señora ni siquiera su apellido a secas como si pasaras lista en el cole, alguien que no sea otro tal, en este caso ese sujeto camorrista y peligroso conductor conocido como MAR, le debería decir que es esto de la democracia.

Podría haber aprovechado Pablo Motos en su entrevista, aunque no sea su papel. No la vi ni intención tengo de ello mientras programen la Teletienda o el tarot, pero, por la onda expansiva que te llega quieras o no, fue aclamada por el público como la Britney Spears del CEU que es y le encanta.

Se entiende que en el plató solo había gente sana sin una de esas citas pendientes con el médico que, una de dos, o se te ha pasado la dolencia cuando te toca o el doctor o doctora ya solo te puede recetar crisantemos. Tampoco hay que engañarse, se cuentan por miles los madrileños que la votarían con la vesícula hecha papilla y sin visos de sanar con tal de trasegarse una de oreja a la plancha en una terraza.

La falta de vergüenza en el caso de la tal Ayuso resulta un reto inalcanzable ya que, por lo pronto, implica tener algo de ella para que sea medible y no es el caso ni de lejos. Una individua que tiempo ha, no mucho, fue la ventrílocua de la mascota de su lideresa Aguirre, y que es capaz de sumarse al deleznable Dumbo de la política ponzoñosa, o sea Mayor Oreja, en la vileza de decir, tras diez años sin asesinatos, que ETA está más viva que nunca, repugna sobremanera.

La falta de vergüenza en el caso de la tal Ayuso resulta un reto inalcanzable ya que, por lo pronto, implica tener algo de ella para que sea medible y no es el caso ni de lejos

Empero, si algo hay que reconocerla es que su actitud circense del más difícil todavía la lleva hasta las últimas consecuencias. A esa nimiedad de tener que tirar 100.000 vacunas pagadas por el contribuyente por culpa de su negligencia mientras pedía más al presidente del Gobierno para anteponer el desgaste de Sánchez a la salud de todos o a eso de decir que a los fallecidos por Covid se les ha tratado con respeto y cariño, lástima que no llegaran a enterarse, se ha sumado hoy un nuevo y estomagante episodio.

Ese “da igual, paso” espetado en la Asamblea a la oposición al referirse al número de fallecidos por la pandemia viene a ser, de momento, la cumbre de la mezquindad, de la vileza y del profundo asco en el desempeño de un cargo público. No solo por el contenido, que ya sería más que suficiente, sino porque, de regreso al comienzo de estas líneas, los diputados y diputadas que preguntan y fiscalizan, en ejercicio del papel que les corresponde en la oposición, no se representan a sí mismos.

Son la correa de transmisión de miles de ciudadanos que no votaron a la tal Ayuso, pero a quienes debe, o debería, el respeto que exige un cargo que le queda tan ancho como las casacas de Demis Roussos le quedarían a Gandhi. Aunque solo fuera porque también le pagan su salario, pero estas obviedades, que lo deberían ser en un sistema democrático higiénico, se las pasa por el arco quien fuera la voz de Pecas y hoy lo es de la política más abyecta que se pueda conocer. Y mira que hay competencia.    

 

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